Solos, solas y… ¿felices?

A mi antigua yo siempre le había dado pena la gente que comía sola en algún lugar. De hecho, en esos tiempos, me hubiera dado hasta vergüenza comer sola, porque ¿qué pensarían los demás? Era como si hubiese que tener razones para estar sola comiendo, razones socialmente aceptables, ya que si no, seguramente tenías algo raro. ¿Si no por qué estarías ahí comiendo sola? 

Mi nueva yo ama desayunar sola en algún cafecito de mi barrio. La primera vez que lo hice no pude evitar sonreír: estaba tan feliz de estar ahí, ¡justamente sola! Me di cuenta cuánto miedo le había tenido a la soledad, y que esa pena que sentía por aquellos que comen solos, era una proyección mía. 

Todo esto me puso a pensar sobre la soledad. Antes que nada … ¿qué es? La soledad se define como la cualidad de estar sin nadie más. Es decir, encontrarse solo. Sin embargo, hay una construcción social de la soledad que tiene una carga muy negativa, de ahí que muchos la evitan.

Existe un gran mandato de no estar solo, a veces con costos tremendos. Percibo ese mandato cuando, por ejemplo, al encontrarte con alguien que no ves hace mucho, lo primero que te pregunta es “Y, ¿estás en pareja?”. No dudo que haya una linda intención de saber cómo estás, pero creo que la mayoría de las veces responde a este mandato de haber “logrado no ser solos”, como si estar en pareja fuese lo único que pudiese darle color a la vida.

Se me viene a la cabeza también el tema “etapas de la vida”, en donde a los 30, por ejemplo, “ya deberías” -entre muchas otras cosas del catálogo social- estar con alguien, casarte, tener hijos, y si no es así, algo “te pasa”.

Cuando yo me separé conecté con mi soledad y puedo decir que me enamoré profundamente. Tanto que me dio miedo nunca más querer separarme de mi misma. Y acá viene otro tema, porque esta experiencia de soledad puede ser vivenciada para algunos como algo malo y triste, pero hay quienes la vivimos como algo hermoso. 

Entonces, ¿cómo calibrar? ¿Dónde está el punto medio? Si para vos la soledad es una experiencia triste, errante, de raros, te da miedo o lo que sea, ¿qué costo vas a pagar para evitarla? Y si sos amante de tu soledad al punto de no poder compartir algo mínimo porque ya sentís que perdés autonomía, ¿qué costo tiene eso también?

Me pregunto entre otras cosas, ¿qué sería lo opuesto a estar solos? Obviamente, sería estar con alguien. Pero en término de vínculos, ¿qué quiere decir esto para cada uno de nosotros? Otra vez, los mandatos sociales se cuelan por aquí: las opciones que te arroja “el sistema relaciones” son “novios, matrimonio, convivientes, chongos, amantes, pareja, amigos, enemigos, amigos que se la mandaron, touch & go”, etcétera. Pero ¿y si tu vínculo con alguna persona no se identifica con estos formatos? Entonces, ¿quién define y construye tus vínculos? Lo único que yo tengo claro es que yo quiero participar activamente en la construcción de mis relaciones, mucho más allá de las etiquetas. Etiquetas a las que a veces les damos el poder de representarnos el amor, el respeto, la cordialidad, lo que es correcto e incorrecto, límites impuestos a priori. Y cuando alguien se sale de lo que “la etiqueta le permite”, ¡chau! Me pregunto si podríamos simplemente permitir que suceda lo que queramos que suceda, y así vivir la experiencia de sentirnos acompañados o solos sin tanta carga. 

En fin, tanto la soledad como la compañía tienen un sentido para cada uno. Lo lindo sería poder construir participando activamente en cada vínculo, con la libertad del que no juzga ni se condiciona por formas impuestas. Te invito a que te preguntes: ¿Cómo es tu relación con la soledad? ¿Cómo te llevás con vos mismo? ¿Cómo te llevás con la compañía?

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